La burbuja del pan “de calidad”.

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Miro la estantería ordenada -por una vez- repleta de libros y me detengo, de nuevo, en el lomo de Templos del Producto. No son muchos los que aparecen en sus páginas y a buen seguro en los próximos años tampoco habrá muchos más, al contrario quizá.

Escribo esto con una rebanada de pan integral untada de mantequilla y un café marca blanca aún caliente. Como ven, mi contradición es constante pues abogo por un pan de calidad y estoy consumiendo el café en grano más barato que encuentro… Soy así, chica.

Muerdo el pan de harina ecológica molida a más de quinientos kilómetros, con mantequilla ecológica transportada desde Alemania hasta el súper del pueblo en camión, horneado con electricidad de no se sabe la procedencia, sal marina y agua de grifo… ¿Por dónde iba? ¡Ah, sí!, retomo.

¿Qué es el pan de calidad? Depende de lo que entendamos cada uno por calidad. Puede ser que esté calentito, blanquito y blandito. Puede ser que esté tostado, ácido, denso Puede ser. O quizá que sea de harina de calidad, de grano entero, … Tú decides, la decisión siempre será la buena pues cabe la posibilidad que esté razonada, que lo que busques lo hayas encontrado, que tu pan sea precocido y recién hecho, o fermentado durante horas sin mejorantes ni levaduras “comerciales”.

Te diré algo: no sé que es el pan de calidad. Te diré otra: creo que se intenta hacer. Una más: el pan que considero de calidad es aquel que me aporta bienestar físico y emocional. -¡Espera, sigo, que no es que me ponga moñas!- Por eso creo que hay una burbuja del pan “de calidad”, porque para mí como panadero 1.0 -¡modernez, eh!-, no existe.

Mi pan de calidad soñado es aquel que me aporte la tranquilidad de estar trabajando con productos cultivados en mi entorno por profesionales comprometidos y “socios” de una idea global que es esa que supone mejorar tu entorno social para que todos ganemos.

Ninguna revolución, ninguna será plena en el mundo del pan -¡ojo que me he calentado!-, ninguna, mientras sigamos trayendo harinas de a saber dónde, mientras no consideremos que la tierra necesita descansos para poder seguir dando frutos sanos, mientras no ajustemos nuestro consumo a lo racional.

Un ejercicio sano e inquietante: buscar datos sobre cuántos kilos de harina, por ejemplo,  de espelta se panifican en este país y compararlo con el número de hectáreas que se cultivan. Es una cuestión de fe. Ahora otro que estaría bien hacer: cuántos kilogramos de pan se hacen al día y cuántos kilogramos se tiran en los hogares. Y el último: cuántos agricultores de cereal trabajan con panaderías y cuántos agricultores están obligados por contratos, más o menos leoninos, a cumplir con los objetivos marcados por empresas mayoristas, patentes de grano, etc.

El pan es un producto barato, el que busca ser de calidad también. El que tenemos que buscar ha de ser justo en precio y, de nosotros depende, honesto y real.

 

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