Sesos

 

 

A los seis años descubrió que aquellos calamares a la romana jugosos, de una pieza, no eran animales que vivían en el mar. Comprobó que, como en la pesca, ser meticuloso y tener destreza auguraban un buen resultado. Felipe, el carnicero del barrio de Las Delicias, lo conseguía con chuleteros y con sesos.

-Entonces, ¿me estaré comiendo los sueños de la oveja?

Dos medias sonrisas se cruzaron, la de su madre y la del carnicero. Desde ese momento se convirtió en alguien enigmático y a quien nunca volvió a ver con los mismos ojos.

-No, Pepo. Las ovejas no sueñan. ¿Qué te doy?

-Nada. Siempre los regalo. Ya la gente no come cabeza con el asado.

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Desde la puerta entreabierta de la cocina vio cómo Felipa manejaba, casi con caricias, aquellos sesos: primero los coció léntamente, los dejó enfriar, los cortó en trozos que pasó por harina muy lévemente para luego sumergirlos en huevo batido, deslizándolos por los dedos hasta el aceite. Los escurrió en una tela de gasa y de allí a aquel plato, “el de los sesos”, que había traído de la URSS.

-Los calamares, Pepo.

Le horrorizó la idea de comerse los sueños y, hasta hace no muchos días, no ha vuelto a probarlos.

 

Letrajuntas nº28

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