Ferran Adrià o cómo desconcertar. (me)

Ayer, en twitter, comentaba que el ocaso de los blogs gastronómicos, en su vertiente crónica/crítica, puede venir de parte de la complacencia, en la que unos más que otros hemos caído. Ayer, también, hubo un encuentro con Adrià en el periódico El Mundo. Me di cuenta que el ocaso de estas “charlas virtuales” vendrá dado por ese carácter palmero que suelen tener quienes seleccionan las preguntas que luego se contestan. Y si es el entrevistado el que criba ya es de traca pues creo que no hay peor manera de quitar valor a la marca personal que la autocomplacencia. Sin duda, ayer, me fui a dormir pensando en todo esto y en si Ana Pastor crearía el ambiente capaz de sacar algo más allá de lo dicho por el de Hospitalet.

Adrià es un tipo muy listo, cosa obvia, y ha demostrado hoy que su discurso ha mejorado mucho, que maneja los tiempos como nadie. Si al cocinero se le deja es capaz de hablar de “lo suyo” y de convencer a propios y extraños sin necesidad de embaucar, tan sólo usando algo tan sencillo como el conocimiento de su empresa. Además, y si no repasad el programa, es un genio en anticiparse a la siguiente interpelación, al siguiente reto.

Ayer yo mandé una a ese diálogo del periódico de Pedro J. en la que preguntaba si la información que compartirá en la red será en su totalidad gratuita o si habrá que pagar por ella en según que casos. Pregunta en parte gracias a Philippe Regol, con quien compartí diálogo. Hoy creo que lo ha dejado claro: será gratis.

Pregunté si la gestión de la vida personal y la del gigante Bulli era una de las causas del cambio de rumbo. Ha contestado que la felicidad es fundamental y, creo haber entendido, la conciliación es casi imposible en cocina y sala. También le comenté en ese diálogo si los blogs tendrán cabida en esa fundación…… Imagino que aquí habrá un “depende”.

Me ha gustado la entrevista de Ana Pastor, aunque reconozco que ha sido más una charla de “conocidos”. A pesar de ello creo que la Periodista – con mayúsculas, disculpen-, ha logrado que se relajara e hiciera algo que ningún político y muy pocos empresarios hacen y que se agradece: ser optimista y creer en la posibilidades del país, hablar de talento y de apostar por el mecenazgo.

Para quien no haya tenido la suerte de observarle en acción, desechando o aceptando nuevas propuestas gastronómicas, sorprenderá la capacidad para focalizar qué es importante y qué no, esta vez hablando de dónde, según él, habría que invertir. Les aseguro que hacía lo mismo, hace ya muchos años, cuando delante de él aparecían nuevos platos y él los diseccionaba. ¿Acierta en sus apreciaciones? No lo sé.

Al final se ha quejado de que no se entiende qué es la Fundación el Bulli. Bien, ese error es suyo. Las cosas no se dan por entendidas y menos si no hay una predisposición a entenderlas. La crisis, esa palabra maldita para él, está como una rémora pegada al lomo de nuestra existencia y por ende, en la de los cocineros, propietarios y camareros. Ahí es donde ha de darle duro, explicar por qué será de gran ayuda en sus negocios que haya un centro de creatividad, por qué hay que empezar de cero si hace falta, por qué tiene que haber, también, dinero público invertido empós de la gastronomía.

Optimismo, sí, es lo que siempre saca de mí. También desconcierto.

 

 

 

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