“Gastrocandidatos”

A un día de que acabe la campaña electoral me dispongo a tomar parte, posición política. Desde ya digo que algo me he perdido y que no sé a quién votar. Veo las mismas caras, sigo sin entender nada, confío en que la cocina me eche una mano. “La verdad está en el fondo de las cazuelas”, como diría David.

Rajoy me recuerda al guiso de lentejas de un colegio. Lentejas “viudas”, a las que se le echó algo de jamón rancio, chorizo muy picado y un refrito amargo por culpa de un pimentón quemado. Ese plato que lleva escrito en el borde: “si quieres las comes y si no las dejas. Es lo que hay”. ¿Y si el cocinero preguntara a los alumnos cómo están en vez de hacerlo a los curas y monjas a los que casi siempre todo les parece bien, sea el guiso que sea?

Rubalcaba es más ese plato que siempre está en la carta del restaurante al que le hace falta una remodelación. Tiene goteras, la cámara apenas enfría y gotea el serpentín. Podría ser un cucurucho de churros fríos porque ya, en ese bar, no se fríen al momento, se hacen de golpe y se siven toda la mañana. Son esos churros que ya no se facturan con buen aceite sino con uno más barato, que decepcionan a los clientes de siempre y a los que se dejaban caer cada mañana a desayunar.

Llamazares me trae a la memoria ese plato de la carta que está al final de la lista, el que nunca llegas a leer. Es el plato aspirante a formar parte del menú del día o del degustación, que se queda en alternativa. Es el plato en el que a veces se cambió el sabor del cítrico sin pensar en la armonía. Aquel hojaldre lleno de láminas que a veces no se cuidó y al que se le puso una crema demasiado líquida antes de conservarlo cubierto de papel film en la cámara. Es el plato que en ocasiones se ha llevado a un cátering cambiándole la fórmula aunque no el envoltorio, para desconcierto del cliente. Es el plato al que los cursis llaman utópico.

Rosa Díez pertenece a lo que yo llamo “el top mantel”. Es el plato que se copia cogiendo retazos de aquí y de allá, que intenta así gustar a todos aunque no esté bien definido. Es el plato que se ha llevado el cocinero de un restaurante en el que antes trabajó. Es un plato ácido, mal compensado, apenas rodado, que sólo gusta a su creador acuciado por la ansiedad de ser la alternativa a sus fantasmas.

Durán i Lleida me recuerda a ese plato graso. Es el típico que nunca cambia aunque, dependiendo dónde se coma, cambia el recipiente: si es en casa la loza de siempre, si es fuera y en jornadas gastronómicas, de Limoges. Es el plato que siempre ves comer a señores de traje, esos que siempre acuden al restaurante acompañados de otros hombres para tratar cosas de hombres. Es el guiso que siempre ves en la carta, al pasar por la puerta del restaurante, enmarcado en oro. Es el plato del que te cuentan que es pesado, que gusta porque siempre ha sido así, aunque se necesite un antiácido al final de la tarde.

Josu Erkoreka es el plato que mejor se le da a un estudiante de último año de hostelería. Es el plato argumentado, bien construido, digerible, que puede complementar cualquier menú. Es el plato que explica el alumno ante el jurado y que éste valora rellenando ítem a ítem. Normalmente lleva productos de la tierra que acumula en su alacena y que no comparte de manera altruista. Es el plato del hijo de un cocinero reputado, que busca abrirse camino en la cocina sin la losa pesada de la tradición de su casa.

Juan López de Uralde es una ensalada en un restaurante en el que se venden gofres y perritos calientes. Es el plato que elabora un cocinero al que su padre le manda cada dos semanas una caja con productos de la huerta y que éste, para que no se estropeen, prefiere llevar al restaurante y venderla o comerla en familia. No aparece en la carta aunque éste se empeña cada día en convencer al jefe de que hay que dar alternativas a quienes no quieran comer tan graso. Es la ensalada a la que le falta rodaje y ajustar pero que permanece fresca, crujiente. Juan, “el cocinero”, no sabe si el cliente del garito lo apreciará. Tan sólo quiere participar de las decisiones, pero para eso necesita una oportunidad.

Me queda por conocer a los candidatos de ERC, del BNG, Compromís,…… Me trae a la memoria mi etapa de tabernero, cuando aparecía el representante con una muestra que alguien cogía y guardaba sin leer el tríptico de presentación. Eran marcas desconocidas ergo había que desconfiar. Sin probar.

Estoy lleno, abrumado con tanto plato. Y todo esto sucede ante la mirada de las guías “politicogastronómicas”. Voy a por almax

“Contar la vida cocinando”

No entiendo la tierra ni las casas sin las gentes que las habitan. Quizá sea parte de ese miedo a la soledad que a veces recuerdo de cuando niño exploraba la casa de adobe del pueblo. Aquella casa olía a puchero, a madera, a ajo frito, a leche a punto de hervir y a canela para su arroz.

La casa de Robin Food huele a vida. Al lado, la de Martín Berasategui esconde, bajo la escalera, gigantes ollas cociendo pausadamente caldos suculentos mientras, alrededor, se estiran redaños, se pican puerros, se cuecen rabos, ……
La casa blanca de David de Jorge y su equipo no es más que el salón en el que refugiarse si pica el sol o la lluvia y dedicarse, con el cojín prieto al lomo, a hablar de lo térreo. La casa y el programa de Robin Food están hechos a escala humana, sin listas, sin números, sin doblez, de una pieza, como él mismo.
Día y medio he pasado en aquella tierra. Me acompañó Ibán Yarza, conocí a Martín, abracé a Álvaro, a Mariana, a Joseba, reí con el equipo de televisión, en definitiva las gentes que dan sentido a la vida de un programa de televisión, de una estancia blanca y de un restaurante pegado a la guarida de alguien al que los dioses de la cocina y la imagen han tocado. Como pasa con Woody Allen, estar en ese programa es algo más, tiene valor añadido, es tocar el genio con la mano.
Gracias.

AQUÍ el programa completo.

 

***El título es de Bobpop, quien me ha dedicado esta mañana un rinconcito de su contra. Una de las cosas más bonitas que me han dicho nunca.