Cangrejos

-No se le olvide decirle al señor Marina que aún quedan.
-Se lo diré, hija.

En el horizonte del trigal sólo se adivinaba un rostro. De vez en cuando asomaba algún cuerpo encorvado blandiedo una hoz en una mano, otras con un haz sujeto a la otra,  pinzado con el brazo para ser atado. Tres meses le quedaban para cumplir los doce años. Los mismos que para que las lluvias llegaran al pueblo y caminar por calles embarradas, asistir a la escuela con doña Manuela y pasar frío era el anuncio de que pronto vendría la matanza, la olla y la leña para la bilbaína.

Ella ya no buscaba la complacencia de su padre. Él sabía que su manera de segar era la mejor posible, que sus manojos eran tan grandes como sus pequeñas manos podían abarcar, que su entrega era parte del carácter de los “conejos”, como así llamaban a la familia. Ir a segar con sus hija era lo único que hacía viable aquella vida apegada al tabón, con un ojo mirando al cielo y el otro a San Isidro.

Esther era una niña coqueta. De la clase, quizá, era la más baja pero no por ello se consideraba fea. Lo único que aquel verano del 1928 le preocupaba era conseguir cinco duros, y uno más para los zapatos. Durante casi dos meses estuvo alternado jugar a la taba, segar e ir a la Esgueva a por cangrejos. Entre juncos colocaba reteles hechos con alambres e hilos viejos. Mientras, durante esos dos meses, imaginaba cómo sería el abrigo, la tela, la piel del cuello…. El año anterior, al ver la foto del curso, juró no volver a pasar frío.

-Padre. Este año compraré un abrigo.

Él la miró a los ojos, le dijo sin hablar, “hija, no podemos”; ella le respondió

-Voy a pescar cangrejos. Me pagan a cinco reales el kilo. He pensado en treinta pesetas. Colocaré los reteles de camino y a la hora de comer los recogeré para llevárselos a Prudencio, el del coche de línea. La Visi me la dicho que en una semana me lo tendrá hecho.

Cada mañana de esos sesenta días el padre caminaba detrás de Esther, controlando que no cayera al río, apretando la hoz y arreando al macho “Canuto”. Afeitado, con la boina ligeramente acostada a la izquierda, los pantalones metidos entre las botas, con unas sopas de pan en el estómago y una bota de vino y el morral al hombro imaginaba, también, la foto de este año. Su hija, como las ricas del pueblo, no pasaría frío. LLevaría un abrigo de lana en espiga de cinco duros, con piel en el cuello, con los zapatos a juego. Aquella era la herencia que le dejó.

-Mire padre. Arriba, a la izquierda, la segunda…
-La más guapa,  Esther, la más guapa.

Aquella niña el día 1 cumple 93 años.

Letrasjuntas nº25

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4 pensamientos en “Cangrejos

  1. Pues felicidades, porque estoy segura de que si a sus 93 años lee este relato, además de embargarle una profunda emoción, sabrá apreciar el valor de tu relato y estará bien orgullosa de tí.
    Más que las ricas del pueblo.
    Besos Roberto. Qué bien escribes!

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