Nos alimentaron con grano, como a los pollos, y crecimos rápidamente pensando que aquella luz del techo siempre estaría allí.
A veces también nos echaban sangre desecada y proteinas animales. Con esta especie de grano fuimos perfilando nuestro cuerpo y mente, como los pollos.
A veces, si nos “alimentaban mal”, sufríamos “deformaciones”, era entonces cuando se nos sacrificaba sin remedio, por inconformistas, como a los pollos.
Cuando no querían que supiéramos la verdad, para que no nos cogiera desprevenidos, por nuestro bien, nos echaban más grano, como a los pollos.
Cuando querían atraernos para recortarnos los espolones o la cabeza, como si de un ERE se tratara, nos echaban grano aparte, como hecho específicamente para nosostros, como a los pollos.
Y al final, cuando ya no sabes si el grano que te echaron era para comer o para callarte, te das cuenta que preferirías haber sido un pollo: tu suerte estaría echada, desde el principio, desde el huevo, no habría sorpresas.
Ya no se guisan gallinas en pepitoria, solo pollos. Ya no se espera a que no dejen de dar huevos. Ya no se las cuida como a las ovejas viejas que nunca eran sacrificadas aunque ya no dieran leche. Somos pollos y ya hay más de seis millones a los que se les ha retirado el grano. Eso sí, la luz sigue encendida. Quieren más.


